Joaquín Dicenta (1862-1817) tenía los rasgos del bohemio puro, prototípico: luchador, desordenado,
manirroto, mujeriego, sensual, borracho de aguardiente mañanero, rebelde,
defensor del débil, denunciador de la injusticia. Probablemente es uno de los
pocos casos que siguió siendo bohemio en una segunda etapa de su vida, ya con
dinero y fama. En ese tiempo de reconocimiento y aplausos siguió siendo
mujeriego, teniendo gran afición al vino, continuó con un indestructible anhelo
de libertad y siguió con su innata tendencia a un vivir apasionado y
turbulento.
Escribe
Prudencio Iglesias Hermida en un libro titulado 'Gente extraña', publicado en 1918: “hubo un tiempo en que la figura menuda
y gallarda de Dicenta sembraba el malestar cuando entraba, quien en Madrid, en
Barcelona y en Andalucía, en los lugares donde se encontraban las gentes de
escándalo y de trueno… lleno de armonía en las proporciones, y con una
brusquedad y rapidez de movimientos que marea, Dicenta ha armado, en colmados y
otros sitios tremolinas históricas”. Asegura el coetáneo que Dicenta
frecuentaba los lugares peligrosos, donde se emborrachaban matones y relata una
escena que presenció el propio Iglesia Hermida:
“Dicenta
le había quitado la amante, una gitana de bronce caliente, una mujer bandera, a
un célebre matón, llamado Visantet. Se trataba de un hombre terrible que se
encendía a balazos por un gesto. Un día se fue a por Dicenta: “tengo que
decirle a usted dos palabras. Salga usted ahí fuera” y Dicenta, muy despacio,
quitándose el cigarrillo de la boca, le contesto: “abra usted la boca, que voy
a tirarle la colilla dentro”. Visantet se echó mano a la cintura, sacó un
revólver y encañonó a Dicenta. Este sacó una moneda del chaleco y enseñándosela
al matón, le dijo “un duro a que no me da usted... tan cerca”.
Visantet no disparo,
se hicieron amigos y estuvieron diez días seguidos de juerga.
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