martes, 14 de abril de 2015

Sobre manias de escritores: Juan Ramón Jiménez

El 15 de abril de 1927 escribe Ernesto Giménez Caballero a propósito de Juan Ramón
Jiménez en La Gaceta Literaria:





—Me he tenido que mudar de casa porque en aquella otra –una cosa muy desagradable– tenía un vecino molesto.
—Lo creo.
—Figúrese. Un magistrado, que tuvo el humor de tirarme un tabique e instalarse en un sector de mi propia casa. Intenté llevarle a los Tribunales. Pero ningún abogado se ha querido encargar del asunto. Estoy indignado. ¡Qué vergüenza y qué miedo el de los abogados! Pero mi venganza será una novela satírica que estoy haciendo, donde desenmascaro a las gentes que han intervenido en este enojoso asunto.
—Aquí vivirá usted ahora bien, ¿verdad? Sin embargo, ¿se ha cerciorado del vecindaje?
—Desde luego, creo que no me pasará como en aquella otra casa, de la que tuve que emigrar porque al vecinito de al lado le daba la ocurrencia de apoyar una pianola en el muro junto al que yo trabajaba y pasársela tocando todo el día. Y, además, al encontrarme por la escalera, me preguntaba el ladrón si me molestaba. No. Esa clase de vecindad, no. Pero...
—Qué, ¿algún otro escritor en la casa?
—Eso me ocurrió en una, a la que no llegué a mudarme por tal razón. Es decir, por tal razón, no. Sino por ser el escritor que era.
—¿Quién era?
—Un novelista y académico que usted conocerá. Cuya literatura quiere ser la de un hidalgo. Pero del que yo sabía que tomaba aguardiente en calzoncillos todas las mañanas. Claro que no le di esta explicación a la dueña de la casa, con quien ya tenía firmado el contrato, sino que el inquilino –que allí había estado antes que yo– tenía manchas en la piel de enfermedades vergonzosas.
—Y ahora, esta casa actual, ¿qué vecindaje inquietante posee?
—Debajo de mi balcón, en la fachada, un emblema religioso, de burguesía pudiente, con el que no puedo estar conforme y que quizá me haga saltar también.
El haber mentado las palabras escritor y académico fue como una señal para que el ancho preludio de alambres se estrechara en concreciones, en figuras precisas de vecindad literaria, en enemigos mediatos.
Azorín, Machado, Maeztu, Ortega, Unamuno, Gómez de la Serna, fueron nombres que comenzaron a quedar prendidos en el hilado bucal de Juan Ramón. Todos ellos le molestaban –lógica, biológicamente– en algo. El uno, por su originalidad perdida; el otro, por su conformismo con el ambiente; el otro, por su perniciosa influencia en la juventud; el otro, por tal cosa, por todas esas tales cosas que tenía uno ya descontadas, y que, desde el punto de vista de lírico puro, de puro lepidóptero, encontraba exactas.

lunes, 13 de abril de 2015

Estilo Dicenta

Joaquín Dicenta (1862-1817) tenía los rasgos del bohemio puro, prototípico: luchador, desordenado, manirroto, mujeriego, sensual, borracho de aguardiente mañanero, rebelde, defensor del débil, denunciador de la injusticia. Probablemente es uno de los pocos casos que siguió siendo bohemio en una segunda etapa de su vida, ya con dinero y fama. En ese tiempo de reconocimiento y aplausos siguió siendo mujeriego, teniendo gran afición al vino, continuó con un indestructible anhelo de libertad y siguió con su innata tendencia a un vivir apasionado y turbulento.

Escribe Prudencio Iglesias Hermida en un libro titulado 'Gente extraña', publicado en 1918: “hubo un tiempo en que la figura menuda y gallarda de Dicenta sembraba el malestar cuando entraba, quien en Madrid, en Barcelona y en Andalucía, en los lugares donde se encontraban las gentes de escándalo y de trueno… lleno de armonía en las proporciones, y con una brusquedad y rapidez de movimientos que marea, Dicenta ha armado, en colmados y otros sitios tremolinas históricas”. Asegura el coetáneo que Dicenta frecuentaba los lugares peligrosos, donde se emborrachaban matones y relata una escena que presenció el propio Iglesia Hermida:

“Dicenta le había quitado la amante, una gitana de bronce caliente, una mujer bandera, a un célebre matón, llamado Visantet. Se trataba de un hombre terrible que se encendía a balazos por un gesto. Un día se fue a por Dicenta: “tengo que decirle a usted dos palabras. Salga usted ahí fuera” y Dicenta, muy despacio, quitándose el cigarrillo de la boca, le contesto: “abra usted la boca, que voy a tirarle la colilla dentro”. Visantet se echó mano a la cintura, sacó un revólver y encañonó a Dicenta. Este sacó una moneda del chaleco y enseñándosela al matón, le dijo “un duro a que no me da usted... tan cerca”. 

Visantet no disparo, se hicieron amigos y estuvieron diez días seguidos de juerga.