Cierta
sirviente, hallándose desacomodada, pidió albergue a un antigua conocida. Esta
la recibió con gusto, la dio de cenar y al ofreció su cama, ya que otra no
hubiera podido ofrecerla. Acostaronse, pues las dos amigas, y es de suponer que
dedicaran a platicar de sus cosas, ese espacio de tiempo precursor del sueño,
que los demás mortales solemos ocupar con la lectura de cualquier libro
interesante. Al poco rato la sirviente nota con espanto que su amiga sufre una
transformación inesperada: Tira postizos
y rellenos, se declara francamente Adán con el derecho que por clasificación le
corresponde y quiere usar de él o abusar mejor dicho, pues este verbo es más
propio de semejante situación. La cosa asusta a la sirviente, joven honesta y
recatada, y sale a dar parte a la autoridad
Publicado por Antonio Palomero, el 7 de enero de 1899, en El Nuevo País