jueves, 17 de mayo de 2012

Mirar el mundo por un agujero



Luis Bonafoux

La lectura del Heraldo llegado hoy á París con nuevos incidentes relativos á una ya antigua discordia de dos amigos míos muy queridos, me confirma una vez más en las bellas dotes de carácter que me adornan, así como también en la necesidad de apreciar todos los sucesos de la vida con amplio espíritu de filosofía.
-Jóvenes incautos — nos decía nuestro profesor de Seminario, el reverendo padre jesuita Abad
-No os acostumbréis á ver el mundo por un agujero...
Llevaba razón el reverendo. Así, en cuantas cuestiones me buscaron, contra toda mi voluntad, que es transigente y suave de suyo, las personas que he tenido el disgusto de ir conociendo, siempre me intereso saber qué opinaban de mi y de la cuestión los vecinos de un pueblo que no fuese del pueblo donde yo residía á la sazón. Si la cuestión es en Asnieres, no me preocupa lo que digan de mí las personas que conozco y trato, bien á mi pesar, por cierto, sino lo que digan de mí, por ejemplo, en Varsovia; resultando, ¡ay!, que en Varsovia no saben palabra de la cuestión ni de mi existencia en el globo terráqueo.
Acto continuo deduzco que la cuestión no tiene importancia para los polacos; por lo que no vale la pena de pasar malos ratos por ella.
—Jóvenes incautos: no os acostumbréis á ver el mundo por un agujero...
La única vez que me arranqué yo mandando padrinos,  á un señor que me quiso atizar un garrotazo que dio en un escaparate del fotógrafo Otero, resultando que este señor pagó los vidrios rotos, tenía yo la más completa convicción de que todo Madrid estaba enterado de este incidente, tanto más cuanto que lo publicó El  Progreso, de Solis; iba yo contoneándome fieramente por la calle de Alcalá, y me parecía notar en todos y cada uno de los transeúntes mira das de inteligencia, como si quisieran decirme 'Ya, ya sabemos que mañana mata usted á ese  caballero. Al día siguiente, cuando el caballero me hizo el  gran favor, que nunca olvidaré, de no aceptar mis padrinos, librándome así de pasar otra noche  en vela y otra mañana descerrajando tiros con unos horrorosos pistolones que había en  Recoletos, volví muy ufano á recorrerla calle de  Alcalá esperando recoger felicitaciones de todos.
¡Qué decepción la mía al descubrir que nadie estaba enterado del asunto y que les importaba un comino á las personas á quienes lo contaba yo mismo, dándoles lata!

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