Luis Bonafoux
La lectura del Heraldo llegado hoy á París con nuevos incidentes relativos á una ya antigua discordia de dos amigos míos muy queridos, me confirma una vez más en las bellas dotes de carácter que me adornan, así como también en la necesidad de apreciar todos los sucesos de la vida con amplio espíritu de filosofía.
La lectura del Heraldo llegado hoy á París con nuevos incidentes relativos á una ya antigua discordia de dos amigos míos muy queridos, me confirma una vez más en las bellas dotes de carácter que me adornan, así como también en la necesidad de apreciar todos los sucesos de la vida con amplio espíritu de filosofía.
-Jóvenes
incautos — nos decía nuestro profesor de Seminario, el reverendo padre jesuita
Abad
-No
os acostumbréis á ver el mundo por un agujero...
Llevaba
razón el reverendo. Así, en cuantas cuestiones me buscaron, contra toda mi
voluntad, que es transigente y suave de suyo, las personas que he tenido el
disgusto de ir conociendo, siempre me intereso saber qué opinaban de mi y de la
cuestión los vecinos de un pueblo que no fuese del pueblo donde yo residía á la
sazón. Si la cuestión es en Asnieres, no me preocupa lo que digan de mí las
personas que conozco y trato, bien á mi pesar, por cierto, sino lo que digan de
mí, por ejemplo, en Varsovia; resultando, ¡ay!, que en Varsovia no saben
palabra de la cuestión ni de mi existencia en el globo terráqueo.
Acto
continuo deduzco que la cuestión no tiene importancia para los polacos; por lo que
no vale la pena de pasar malos ratos por ella.
—Jóvenes
incautos: no os acostumbréis á ver el mundo por un agujero...
La
única vez que me arranqué yo mandando padrinos, á un señor que me quiso atizar un garrotazo que
dio en un escaparate del fotógrafo Otero, resultando que este señor pagó los
vidrios rotos, tenía yo la más completa convicción de que todo Madrid estaba
enterado de este incidente, tanto más cuanto que lo publicó El Progreso, de Solis; iba yo contoneándome fieramente
por la calle de Alcalá, y me parecía notar en todos y cada uno de los
transeúntes mira das de inteligencia, como si quisieran decirme 'Ya, ya sabemos
que mañana mata usted á ese caballero. Al
día siguiente, cuando el caballero me hizo el gran favor, que nunca olvidaré, de no aceptar mis
padrinos, librándome así de pasar otra noche en vela y otra mañana descerrajando tiros con
unos horrorosos pistolones que había en Recoletos,
volví muy ufano á recorrerla calle de Alcalá
esperando recoger felicitaciones de todos.
¡Qué
decepción la mía al descubrir que nadie estaba enterado del asunto y que les
importaba un comino á las personas á quienes lo contaba yo mismo, dándoles lata!
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